
Las historias contadas por estos doce periodistas venezolanos en el libro Se Habla Venezolano de Ediciones Puntocero y la revista Marcapasos, son situaciones que tienen un vínculo inalienable con la cultura venezolana. Son relatos que resaltan la personalidad y acervo del venezolano, la idiosincrasia de nuestra gente, lo que sin querer –o queriendo- nos distingue del resto del mundo. Es decir, nuestra cultura popular.
Las crónicas plasmadas en el libro denotan un arduo trabajo investigativo por parte del periodista, tiempo invertido para darle forma a aspectos culturales mucho más diversos. Son narraciones en la que somos protagonistas todos los días, que son dignas de ser contadas, publicadas, promocionadas. Quizás solo falta el espacio para hacerlo.
Una de las historias que me pareció más interesante fue la de Briamel González. Ella intenta descifrar el por qué de los nombres estrambóticos y exóticos que tienen muchas personas en nuestras tierras.
Nadie como el venezolano para colocar nombres extravagantes a sus hijos, a un maracucho, por ejemplo, nada le impide llamar a uno de sus descendientes Hidrocarburo Montiel y a un caraqueño no le tiembla la mano a la hora de bautizar a uno de sus niños como Jean Loise Tovar. Así como Taj Mahal Genevi Sánchez o los hermanos Shakespeare e Indira Gandhi Cubillán.
Briamel González cita en su crónica a un escritor de nombre Roberto Echeto, específicamente en su recopilación de ensayos Las Caracas verdaderas (2000), donde Echeto manifiesta que “…cuando Willfer se encuentre con Yiksia, y vea que el nombre de su retoño será tan extraño que ninguna secretaria de ninguna oficina pública podrá transcribirlo, entonces volveremos a los nombres cristianos. Volveremos a María, a Miguel, a Jaime, a José…”
Las crónicas plasmadas en el libro denotan un arduo trabajo investigativo por parte del periodista, tiempo invertido para darle forma a aspectos culturales mucho más diversos. Son narraciones en la que somos protagonistas todos los días, que son dignas de ser contadas, publicadas, promocionadas. Quizás solo falta el espacio para hacerlo.
Una de las historias que me pareció más interesante fue la de Briamel González. Ella intenta descifrar el por qué de los nombres estrambóticos y exóticos que tienen muchas personas en nuestras tierras.
Nadie como el venezolano para colocar nombres extravagantes a sus hijos, a un maracucho, por ejemplo, nada le impide llamar a uno de sus descendientes Hidrocarburo Montiel y a un caraqueño no le tiembla la mano a la hora de bautizar a uno de sus niños como Jean Loise Tovar. Así como Taj Mahal Genevi Sánchez o los hermanos Shakespeare e Indira Gandhi Cubillán.
Briamel González cita en su crónica a un escritor de nombre Roberto Echeto, específicamente en su recopilación de ensayos Las Caracas verdaderas (2000), donde Echeto manifiesta que “…cuando Willfer se encuentre con Yiksia, y vea que el nombre de su retoño será tan extraño que ninguna secretaria de ninguna oficina pública podrá transcribirlo, entonces volveremos a los nombres cristianos. Volveremos a María, a Miguel, a Jaime, a José…”
El libro es un ápice de la realidad venezolana, una realidad que va más allá del color de piel, de la zona geografía o el estatus social. Las doce crónicas captan la esencia del día a día de un venezolano de a pie, relatadas por medio de la palabra, la única arma del periodista y la más poderosa del mundo.
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